Yo, Tonya: tragedia y resiliencia, en tono de comedia

Yo, Tonya (I, Tonya – 2017) se basa en la vida de Tonya Harding, una redneck de familia disfuncional, que abandonada por un padre con quien tenía una buena relación, quedó a cargo de una madre abusadora. Tonya dejó muy pronto sus estudios y aprendió a patinar sobre el hielo, soportando las severas exigencias de esa mamá antipática que, interpretada por Allison Janney, le mereció a esta un Oscar como mejor actriz de reparto.

Su matrimonio con un joven de Portland solo sirvió para prolongar una vida marcada por el abuso y la violencia. Pero a pesar de todo, y de la discriminación que sufrió en un ambiente deportivo elitista, esta chica triunfó como patinadora artística por los años 90, llegando a ser campeona en su país y a competir a nivel olímpico. Entre sus muchos logros, fue la única patinadora norteamericana que logró hacer una figura acrobática denominada el triple Axel. Sin embargo, su carrera dio un vuelco inesperado y trágico. Cuando apenas tenía 23 años, Tonya quedó implicada en un oscuro incidente: la agresión a una de sus compañeras del equipo olímpico, Nancy Kerrigan.

Craig Gillespie, su director, nos narra esta historia en una delirante mezcla de biopic-falso documental-comedia negra. Está excelente en el protagónico la actriz australiana Margot Robbie, quien le da a su Tonya potencia y emotividad.

Yo, Tonya no es un film sutil. Por momentos, puede llegar a parecer un compendio del sufrimiento que no eleva, que no lleva a crecer, que no redime. Pero está muy bien hecho, y como toda narrativa lograda, permite detonar en el espectador la reflexión sobre muchos temas, como personas y como sociedad.

Sirve para que cuestionemos la diferencia entre verdad y perspectiva: ¿Cuánto de verdad sabemos acerca de una situación a través de la prensa? ¿Eso nos alcanza para juzgar a alguien? ¿Cuánto nos esforzamos por informarnos adecuadamente? ¿Qué tan rápido aceptamos como verdad lo que en realidad son preconceptos? Y a la inversa: ¿qué tan rápido nos dejamos convencer por una película, y la tomamos como la verdad?  

También nos permite reflexionar sobre los dones y los talentos, y cómo muchas veces, estos pueden convertirse en una condena para aquel que los recibió. Sobre cómo es fundamental la educación y un camino de virtud a la hora de hacerlos florecer.

No es un tema menor el detenernos a analizar cuánto determina el futuro de una persona el contexto en el cual fue formada, más allá del libre albedrío. Frente a la historia de Tonya, es imposible no plantearse cómo la vida de esta chica pudo haber sido totalmente distinta si hubiera nacido en otra familia, en otro lugar, o en otro momento histórico.

Y sin dudas nos invita a ponderar la importancia de cultivar la resiliencia: la sonrisa de Tonya en las competencias es como una máscara superficial que esconde su angustia profunda. Pero su voluntad nunca se dobla, porque Tonya es una luchadora, una superviviente.

Un combo que, en su conjunto, hace de Yo, Tonya una película fascinante.

Laura Álvarez Goyoaga

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CRIMEN Y CASTIGO de Fiódor Dostoyevski

Pecado, culpa y redención

Fiódor Dostoyevski, nacido el 30 de octubre de 1821 en Moscú, es uno de los escritores rusos más leídos de la historia. Sus obras realistas se caracterizan por una aguda visión de la naturaleza humana, con profundos análisis de la psicología y las emociones de los personajes. Crimen y castigo, escrita en 1866 es una de sus novelas más conocidas. Adaptada en numerosas versiones para cine y televisión, ha permeado nuestra cultura en diferentes niveles de intertextualidades.

En vida, Dostoievski pasó por etapas complicadas, en lo económico y en lo personal. Fue el segundo de los siete hijos de un médico del Hospital para pobres. Creció en el mismo edificio del manicomio, con vista a un cementerio, y a un patíbulo. Tragedias familiares y problemas de salud mediante, decidió dedicarse a la literatura. En 1849, arrestado por las fuerzas zaristas, fue condenado a muerte. Cuando ya había sido trasladado al sitio donde sería fusilado, a último momento, se le conmutó la pena capital por cuatro años de trabajos forzados en Siberia. Durante este período, marcado por frecuentes ataques de epilepsia, leyó la Biblia en prisión y vivió un profundo proceso de conversión.

Un gigante de la literatura universal, fue además un cristiano de profunda fe. Sus pasionales historias, hondamente filosóficas y espiritualmente removedoras, se centran en la exploración de las conflictivas vidas de sus personajes, de la necesidad de una fuerza moral en el universo, de la lucha entre el bien y el mal, del valor supremo de la libertad y del individuo. En esta línea, Crimen y castigo es un estudio de la psicología del pecado, la culpa y la redención, que se queda con el lector mucho después de terminar la última página.

La trama de Crimen y castigo es bastante conocida: Raskolnikov, un joven intelectual ruso deslumbrado por las ideas de la Ilustración, se ha visto forzado a abandonar sus estudios universitarios por la pobreza que asola a su familia. Conforme a su postura filosófica, adhiere a la teoría de que él es un ser superior, con el poder de tomar decisiones de vida o muerte en nombre de la humanidad. Así, para solucionar sus problemas, resuelve asesinar y robar a una vieja prestamista, malvada y codiciosa, a la que considera un parásito cuya vida miserable conviene extinguir. En su ilustrada y lógica opinión que ningún marco moral puede restringir, el mundo estará mejor sin ella. El fin justifica los medios, por lo tanto, armado con un hacha Raskolnikov perpetra el brutal crimen, asesinando también a la hermana inocente de la prestamista, quien tiene la desgracia de sorprenderlo en acción.  

El retrato que Dostoievski hace de su protagonista es complejo y minucioso. Atormentado por la culpa y el aislamiento, Raskolnikov terminará por confesar y por redimirse espiritualmente, no sin que medie para esta conversión un torturado proceso interior que lo conducirá a prisión y a la gracia de Dios, por el camino de la humildad. El lector no es testigo de este arrepentimiento; el autor solo revela cómo el amor de Sonya, una muchacha pobre que ha debido prostituirse para salvar a su familia, pero ha elegido dejarse amar por Cristo y amar a los demás por amor a Él, le abre el camino de la salvación. Así, “Juntos fueron resucitados por amor”.

Dostoievsky, el autor, vio la verdad del hombre a la luz de la verdad de Cristo. Comprendió que la alegría y la esperanza están al alcance hasta de los más pobres y desesperados, porque el valor y el sentido de la vida solo se encuentran a través del encuentro con Dios. Y así lo plasmó en su obra.

Crimen y castigo fue escrito en un marco histórico específico, el de la Rusia zarista del siglo XIX. Uno muy diferente a este por el cual transitamos los cristianos de hoy. Sin embargo, la historia no ha perdido vigencia. Hoy, como entonces, la fe es el camino para la salvación, y solo somos auténticamente libres cuando descansamos en la voluntad de Dios. Cuando nos tomamos a Dios enserio. Cuando aceptamos que el mal, las fuerzas oscuras de la irracionalidad, la crueldad, la violencia, la furia, existen y actúan. Cuando abrazamos la aventura de seguir a Jesús. Cuando dejamos que nuestras dudas fortalezcan nuestra fe. Cuando aceptamos que solo el amor es el camino.

¿Qué tan lejano a nuestra experiencia cotidiana se encuentra el mundo de Raskolnikov y Sonya? En el momento actual, cada vez más y más personas parecen creer que tienen el derecho a vivir por encima de las leyes morales o civiles, cuanto más por encima de los principios básicos de la moral cristiana. Asesinatos, abortos, suicidios, robos, actos terroristas, eutanasia, el relativismo, el materialismo… sobran los ejemplos para ilustrar estos extremos. El sentimiento subjetivo, apoyado en la falta de compromiso y de responsabilidad parece permear la conducta de grandes mayorías.

Frente a esta realidad, es válido mirar nuestra época desde el paradigma de Dostoievski en el camino de Raskolnikov, el agobiado protagonista de Crimen y castigo. Cada uno de nosotros tenemos algo de Raskolnikov, compartimos su naturaleza. Esa, en esencia, es la clave para comprender la compleja espiritualidad detrás de la prosa. Es lo que hace que esta novela sea tal vez más relevante hoy que en la época de su primera publicación.

Crimen y castigo nos recuerda que desesperar no es de cristianos. Que en lugar de dejarnos ganar por el desaliento, debemos amar a Dios, amar su ley, y vivirla en el amor. Esperar, observar en el amor hacia el prójimo, del mismo modo que Dios espera y nos mira con amor. Esperar con el arrepentimiento y la paciencia de Sonya, testigo del milagro de la redención de Raskolnikov. En la novela, el espejo bíblico de este milagro se encuentra en la historia de la resurrección de Lázaro: así como Lázaro murió y fue devuelto a la vida por Jesús, en Crimen y castigo la muerte espiritual del asesino arrepentido no es permanente ni irreversible. También él puede volver a la vida; reconciliarse con Dios y con los hombres. La gracia de Dios es el tema central de la trama que envuelve a estos personajes. La novela se cierra con un mensaje de esperanza: a través de la humildad y el amor, hasta el hombre más vil puede alcanzar la misericordia.

En su nivel básico, Crimen y castigo se nos presenta como un estudio de contrastes: amor y odio, bien y mal, juventud y vejez. Pero la contraposición más importante es la que subraya entre la opresión del pecado frente a la inconmensurable libertad de la gracia de Dios. Este atormentado estudiante, que percibe como su mayor debilidad la incapacidad de librarse de la culpa frente a lo que intelectualmente concibió como un acto de justicia social y humana, en el marco de esta convicción, aún en libertad estará condenado a la cárcel de su ceguera. Y recién cuando esté físicamente preso, conocerá la auténtica libertad. A pesar de sus pecados pasados, en el amor de Dios, será un hombre nuevo. No existe un abismo tan profundo que pueda superar la grandeza de la gracia. Este es el glorioso mensaje cristiano que Dostoievski con tanta maestría y experticia nos deja en su libro.

“Vivir sin esperanza es dejar de vivir” escribió Dostoievski. El 9 de febrero de 1881 falleció en San Petersburgo. En su lápida puede leerse el siguiente versículo de San Juan: «En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere produce mucho fruto».

Laura Álvarez Goyoaga

Cabildo de Montevideo: ataque simplista a nuestras raíces históricas  

El columnista Max Fisher publicó a comienzos del año 2022 en el New York Times un artículo titulado: “En la carrera hacia el futuro, la historia sufre un nuevo asedio”.

En el mismo analiza cómo una ola de revisionismo engañoso se ha convertido en una epidemia tanto en las autocracias como en las democracias. Una ola que ha sido utilizada por los distintos lados del espectro ideológico y que, según sus palabras: “ha sido notablemente efectiva… y contagiosa.”

Si bien hay otros aspectos de las publicaciones de Fischer que podemos considerar parcializados, la mayoría de nosotros coincidiría con lo siguiente:

“La historia se reescribe todo el tiempo, ya sea por los académicos que actualizan sus supuestos, los activistas que reformulan el registro o los políticos que manipulan la memoria colectiva para sus propios fines.

Pero una oleada de revisiones históricas falsas o engañosas de manera flagrante, tanto por parte de gobiernos democráticos como autoritarios, puede estar amenazando el ya debilitado sentido de un relato compartido y aceptado sobre el mundo.

Los académicos creen que esta tendencia refleja algunas de las fuerzas que definen el siglo. Sociedades polarizadas y receptivas a las falsedades que afirman la identidad. El colapso de la fe en las instituciones centrales o en los árbitros de la verdad. El auge del nacionalismo. Tiranos cada vez más astutos. Líderes elegidos que giran cada vez más hacia el antiliberalismo.

Como resultado, “deberíamos ser más propensos a ver el tipo de revisionismo histórico” impulsado por estos líderes, señaló Erica Frantz, politóloga de la Universidad Estatal de Michigan.

En algunos lugares, los objetivos son ambiciosos: rediseñar una sociedad, empezando por su comprensión más básica de su patrimonio colectivo. Para subrayar la importancia de este proceso, el líder de China, Xi Jinping, repite la frase de un erudito confuciano del siglo XIX: “Para destruir un país, primero hay que erradicar su historia”.

Uruguay no es ajeno a este fenómeno del revisionismo histórico engañoso y descontextualizado. El Cabildo de Montevideo, un monumento histórico que debería contribuir a la construcción de la identidad cultural nacional, exhibe ante los miles de niños y adultos que lo visita el siguiente texto:

“Analizar la  historia en el siglo XXI, implica una reflexión crítica en torno de la colonialidad y el dominio como bases constitutivas de la civilización occidental. La iglesia y el poder monárquico controlaban el saber, destituyendo todas las cultura y saberes existentes en nuestro continente a la llegada de los conquistadores. La colonialidad plantea asimismo el problema del eurocentrismo como una de las formas de racismo, pues el blanco aparecía como sinómino de producción de saberes valiosos, entanto indígenas, mestizos y afros se asociaban a lo deficitario, lo salvaje, lo bárbaro.

La primera centena de colonos arribó a Montevideo en 1724: por medio de una Real Cédula le otorgó entre otros privilegios a este núcleo de pobladores, integrados por soldados, labriegos y artesanos, el título de “hijosdalgo de solar conocido”. La primera generación del patriciado oriental, se conformó posteriormente por sacerdotes, abogados y hombres de armas. El poder se asoció además de al “saber”, a las fortunas generadas por la producción pecuaria y el comercio, incluido el tráfico de esclavos.

El amplio abanico de inequidades, incluía las vinculadas al género, a la posibilidad de acceso a la educación y a cargos públicos, o a la aplicación de penas y castigos. A comienzos de 1800, en el Montevideo del Gobernador Bustamante y Guerra, la ruptura de un farol del alumbrado se castigaba “con prisión y reposición si el responsable era español o bien con cien azotes en la plaza pública si era negro o indio”

Durante la primera mitad del siglo XIX, se desarrollaron en el territorio oriental y especialmente en Montevideo, cambios políticos drásticos, sin que llegaran a modificarse las bases socioeconómicas; las asimetrías coloniales se extendieron más allá de los límites cronológicos establecidos.”

La exposición, lejos de ofrecer análisis y reflexión crítica, mira fuera de contexto la realidad que se vivió dentro de las paredes de ese Monumento Histórico. Se suma al intento de reescribir la historia con una visión engañosa, efectista y desde los lugares comunes de nuestro tiempo. Utiliza un escenario relevante para la construcción de la identidad nacional, para atacar en forma injusta y simplista las raíces de nuestra historia, incluyendo a: la Iglesia Católica, los primeros pobladores de Montevideo, sus Instituciones y quienes lo habitaron en la primera mitad del siglo XIX. 

https://cabildo.montevideo.gub.uy/exposiciones/asimetrias-coloniales

Ennio Morricone: fe, oración, música y Dios

El pasado 6 de julio falleció Ennio Morricone, uno de esos compositores que ha marcado un antes y un después en la historia de la música. Si bien lo conocemos por las excelentes bandas sonoras que compuso para películas de todo tipo, como La misión, Los intocables, Los 8 más odiados y Cinema Paradiso, también incursionó en la música sacra, de cámara y sinfónica, la ópera, y hasta canciones populares. Era además un católico convencido, que cada mañana se levantaba muy temprano para rezar durante una hora ante la imagen de Cristo.

Nacido en Roma en 1928, en 1956 se casó con María Travia, la esposa que lo acompañó durante toda su vida y con quien tuvo cuatro hijos. Ganó muchos premios, entre ellos dos Oscar (uno por su trayectoria y otro por Los 8 más odiados), pero también 27 Discos de oro y 7 Discos de platino, varios Bafta, Globos de Oro y Grammys.

Eligió vivir en Roma, y no en EEUU. Trabajó con directores célebres como Pasolini, Bertolucci, Brian De Palma, Roman Polanski, Oliver Stone, Pedro Almodóvar, Roland Joffé. Su consigna de trabajo consistía en  “probar algo completamente original y que a la vez sea entendible”, según sus propias palabras. La música para él era una herramienta de comunicación, y un camino para expresar su fe.

Proveniente de una familia cristiana, este músico autor de obras instrumentales de gran fuerza y espiritualidad creía que la música ayuda a rezar, pero que la oración necesita también «palabras, intenciones, concentración». Coherente con su fe, compuso música sacra a lo largo de toda su vida. Más recientemente, a pedido del Papa Francisco, un “Amén” coral en ocasión de un Festival de coros en la Santa Sede, un Via Crucis, y una composición sobre la Creación.

El mundo del cine y el de la fe se entrecruzaron como nunca en su carrera con la película La Misión, para la cual fue autor de la inolvidable banda sonora, una de las más hermosas que alguna vez nos trajo el cine, en base a tres elementos distintos que ya estaban en la historia narrada: el oboe del sacerdote jesuita, la música coral y la música étnica de los indios.

Este drama histórico del año 1986 narra la lucha de los jesuitas en Sudamérica durante el siglo XVIII por defender a los nativos de las misiones de la voracidad esclavista de Portugal. Robert Bolt es el guionista, Roland Joffé el director, Jeremy Irons y Robert De Niro sus protagonistas. El gran telón de fondo aquí es la historia de salvación. Sin dar una respuesta única, nos enfrenta a una encrucijada en la cual cualquiera puede encontrarse en algún momento de su vida: actuar por convicción, o por deber; tomar una decisión difícil para evitar el mal mayor, o jugarse dando la vida por una causa.

La misión es un clásico del cine. Una película fuerte, bellísima, inspiradora. Una historia de redención, de amor, de entrega, de compromiso, donde la música se vuelve parte de la trama, y refleja la sensibilidad única de un alma enamorada de la trascendencia. Por eso es una buena idea volver a verla, o acercarse a ella por primera vez. No es más que un homenaje merecido a un artista único.

Laura Álvarez Goyoaga

En el Medio de la Nada: estreno el 26 de junio

El viernes 26 de junio será estrenado el corto En el Medio de la Nada, producido por Prometheus Productions sobre un guión original de Laura Álvarez Goyoaga.

El corto, fue dirigido por Alejandro Torres Álvarez, con la producción de Mateo Berdou.

Uno de los posters promocionales del corto

Los actores son, en orden de aparición son: Federico Heller como Andrés, Mateo Berdou como Lucas, Julieta Rodríguez como Sofía López y  Pilar Mazzoli como Cecilia.

Se trata de un cuento corto que describe una situación conflictiva entre personajes fuertemente marcados por relaciones laborales y sentimentales.

Compartimos el tráiler a continuación:

Inconcebible en Netflix: Retrato veraz y refrescante de una mujer de fe

Inconcebible es una serie de Netflix basada en hechos reales, cuya trama derivó de un artículo ganador del Premio Pulitzer titulado “El proyecto Marshall: una inconcebible historia de violación”. La víctima de esta violación, en la ficción se llama Marie Adler (Kaitlyn Dever), y es una chica de 18 años que vive sola en un complejo de apartamentos para jóvenes en situación de riesgo, en transición desde hogares adoptivos a la independencia por la mayoría de edad. Las autoridades involucradas en la denuncia notan algunas inconsistencias en su relato. La sugerencia de quien fuera su madre adoptiva, de que Marie podría estar tratando de llamar la atención, así como los antecedentes de una infancia complicada, hacen dudar de la verdad de sus afirmaciones. Los policías pasan de sugerirle que quizás se confundió, a acusarla de mentir, y Marie termina por retractarse. Procesada por denuncia falsa, perderá su empleo y su hogar.

Tres años después, una serie de violaciones son perpetradas en otro Estado, con características muy similares. La tarea de investigar estos casos, que terminarían reivindicando a esta víctima cuando el delincuente fue apresado con evidencias que lo ligaban a ella, recayó sobre dos mujeres detectives: Grace Rasmussen (Toni Collette) y Karen Duvall (Merritt Wever). En la química y el contraste entre las dos actrices y los dos personajes, está uno de los factores de éxito de la serie, que comienza con un primer capítulo algo lento, pero a partir del segundo atrapa al espectador.

Como drama basado en un personaje, como policial procedimental, y hasta como análisis de la sociedad, Inconcebible se destaca. Trae a primer plano un tema difícil, poniendo el foco en la víctima y no en el criminal. Pero por encima de todos esos aciertos, es un retrato auténtico, veraz y refrescante, de esos que rara vez nos regala Hollywood, de una mujer de fe: el personaje de Karen, desarrollado a partir de Stacy Galbraith, la detective que investigó los casos en la vida real. Entrevistada por la prensa, Galbraith resaltó su fe cristiana, y cómo influía en su trabajo. Aunque parezca “inconcebible”, la producción de Netflix no dejó de lado esta faceta de quien lo inspiró. Así Karen, de manera consistente y casual, habla de fe con su escéptica y cáustica compañera de trabajo, que a veces se burla de Dios. Pero Karen no es tonta, ni extraña, ni ignorante, ni cerrada, ni ninguno de los otros clichés que suelen atribuirse a un cristiano en las grandes producciones de este tipo, especialmente si son aclamadas por la crítica, como es el caso. Todo lo contrario: es una mujer moderna, realista, inteligente, compasiva, empática, y muy profesional.

Más allá de la recomendación, nunca está de más la advertencia: Inconcebible está destinada al público adulto. Si bien hay que destacar que Netflix esta vez también merece elogios por la discreción y moderación que ha mostrado al acercarse a un tema tan terrible y doloroso, sin sensacionalismo ni escenas gráficas gratuitas, no deja de confrontarnos con la confusión y el horror que aquel conlleva.

Laura Álvarez Goyoaga